jueves, 18 de junio de 2015

El Gato con Botas

El Gato con Botas   


Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un abogado, pues ya habían consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocó el molino, al segundo el asno, y al menor el gato que quedaba.
El pobre joven amigo estaba bien inconforme por haber recibido tan poquito. 
-"Mis hermanos"- dijo él,-"pueden hacer una bonita vida juntando sus bienes, pero por mi parte, después de haberme comido al gato, y hacer unas sandalias con su piel, entonces no me quedará más que morir de hambre."-
El gato, que oyó todo eso, pero no lo tomaba así, le dijo en un tono firme y serio:
-"No te preocupes tanto, mi buen amo. Si me das un bolso, y me tienes un par de botas para mí, con las que yo pueda atravesar lodos y zarzales, entonces verás que no eres tan pobre conmigo como te lo imaginas."-
El amo del gato no le dio mucha posibilidad a lo que le decía. Sin embargo, a menudo lo había visto haciendo ingeniosos trucos para atrapar ratas y ratones, tal como colgarse por los talones, o escondiéndose dentro de los alimentos y fingiendo estar muerto. Así que tomó algo de esperanza de que él le podría ayudar a paliar su miserable situación.
Después de recibir lo solicitado, el gato se puso sus botas galantemente, y amarró el bolso alrededor de su cuello. Se dirigió a un lugar donde abundaban los conejos, puso en el bolso un poco de cereal y de verduras, y tomó los cordones de cierre con sus patas delanteras, y se tiró en el suelo como si estuviera muerto. Entonces esperó que algunos conejitos, de esos que aún no saben de los engaños del mundo, llegaran a mirar dentro del bolso. 
Apenas recién se había echado cuando obtuvo lo que quería. Un atolondrado e ingenuo conejo saltó a la bolsa, y el astuto gato, jaló inmediatamente los cordones cerrando la bolsa y capturando al conejo.
Orgulloso de su presa, fue al palacio del rey, y pidió hablar con su majestad. Él fue llevado arriba, a los apartamentos del rey, y haciendo una pequeña reverencia, le dijo:
-"Majestad, le traigo a usted un conejo enviado por mi noble señor, el Marqués de Carabás. (Porque ese era el título con el que el gato se complacía en darle a su amo)."-
-"Dile a tu amo"- dijo el rey, -"que se lo agradezco mucho, y que estoy muy complacido con su regalo."-
En otra ocasión fue a un campo de granos. De nuevo cargó de granos su bolso y lo mantuvo abierto hasta que un grupo de perdices ingresaron, jaló las cuerdas y las capturó. Se presentó con ellas al rey, como había hecho antes con el conejo y se las ofreció. El rey, de igual manera recibió las perdices con gran placer y le dio una propina. El gato continuó, de tiempo en tiempo, durante unos tres meses, llevándole presas a su majestad en nombre de su amo.
Un día, en que él supo con certeza que el rey recorrería la rivera del río con su hija, la más encantadora princesa del mundo, le dijo a su amo:
-"Si sigues mi consejo, tu fortuna está lista. Todo lo que debes hacer es ir al río a bañarte en el lugar que te enseñaré, y déjame el resto a mí."-



El Marqués de Carabás hizo lo que el gato le aconsejó, aunque sin saber por qué. Mientras él se estaba bañando pasó el rey por ahí, y el gato empezó a gritar:
-"¡Auxilio!¡Auxilio!¡Mi señor, el Marqués de Carabás se está ahogando!"-
Con todo ese ruido el rey asomó su oído fuera de la ventana del coche, y viendo que era el mismo gato que a menudo le traía tan buenas presas, ordenó a sus guardias correr inmediatamente a darle asistencia a su señor el Marqués de Carabás. Mientras los guardias sacaban al Marqués fuera del río, el gato se acercó al coche y le dijo al rey que, mientras su amo se bañaba, algunos rufianes llegaron y le robaron sus vestidos, a pesar de que gritó varias veces tan alto como pudo:
-"¡Ladrones!¡Ladrones!"-
En realidad, el astuto gato había escondido los vestidos bajo una gran piedra.
El rey inmediatamente ordenó a los oficiales de su ropero correr y traer uno de sus mejores vestidos para el Marqués de Carabás. El rey entonces lo recibió muy cortesmente. Y ya que los vestidos del rey le daban una apariencia muy atractiva (además de que era apuesto y bien proporcionado), la hija del rey tomó una secreta inclinación sentimental hacia él. El Marqués de Carabás sólo tuvo que dar dos o tres respetuosas y algo tiernas miradas a ella para que ésta se sintiera fuertemente enamorada de él. El rey le pidió que entrara al coche y los acompañara en su recorrido.
El gato, sumamente complacido del éxito que iba alcanzando su proyecto, corrió adelantándose. Reunió a algunos lugareños que estaban preparando un terreno y les dijo:
-"Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que los terrenos que ustedes están trabajando pertenecen al Marqués de Carabás, los harán en picadillo de carne."-
Cuando pasó el rey, éste no tardó en preguntar a los trabajadores de quién eran esos terrenos que estaban limpiando.
-"Son de mi señor, el Marqués de Carabás."- contestaron todos a la vez, pues las amenazas del gato los habían amedrentado.
-"Puede ver señor"- dijo el Marqués, -"estos son terrenos que nunca fallan en dar una excelente cosecha cada año."-
El hábil gato, siempre corriendo adelante del coche, reunió a algunos segadores y les dijo:
-"Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que todos estos granos pertenecen al Marqués de Carabás, los harán en picadillo de carne."-
El rey, que pasó momentos después, les preguntó a quien pertenecían los granos que estaban segando.
-"Pertenecen a mi señor, el Marqués de Carabás."- replicaron los segadores, lo que complació al rey y al marqués. El rey lo felicitó por tan buena cosecha. El fiel gato siguió corriendo adelante y decía lo mismo a todos los que encontraba y reunía. El rey estaba asombrado de las extensas propiedades del señor Marqués de Carabás.
Por fin el astuto gato llegó a un majestuoso castillo, cuyo dueño y señor era un ogro, el más rico que se hubiera conocido entonces. Todas las tierras por las que había pasado el rey anteriormente, pertenecían en realidad a este castillo. El gato que con anterioridad se había preparado en saber quien era ese ogro y lo que podía hacer, pidió hablar con él, diciendo que era imposible pasar tan cerca de su castillo y no tener el honor de darle sus respetos.
El ogro lo recibió tan cortesmente como podría hacerlo un ogro, y lo invitó a sentarse.
-"Yo he oído"- dijo el gato, -"que eres capaz de cambiarte a la forma de cualquier creatura en la que pienses. Que tú puedes, por ejemplo, convertirte en león, elefante, u otro similar."-
-"Es cierto"- contestó el ogro muy contento, -"Y para que te convenzas, me haré un león."-
El gato se aterrorizó tanto por ver al león tan cerca de él, que saltó hasta el techo, lo que lo puso en más dificultad pues las botas no le ayudaban para caminar sobre el tejado. Sin embargo, el ogro volvió a su forma natural, y el gato bajó, diciéndole que ciertamente estuvo muy asustado.
-"También he oído"- dijo el gato, -"que también te puedes transformar en los animales más pequeñitos, como una rata o un ratón. Pero eso me cuesta creerlo. Debo admitirte que yo pienso que realmente eso es imposible."-
-"¿Imposible?"- gritó el ogro, -"¡Ya lo verás!"-
Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el piso. En cuanto el gato vio aquello, lo atrapó y se lo tragó.
Mientras tanto llegó el rey, y al pasar vio el hermoso castillo y decidió entrar en él. El gato, que oyó el ruido del coche acercándose y pasando el puente, corrió y le dijo al rey:
-"Su majestad es bienvenida a este castillo de mi señor el Marqués de Carabás."-
-"¿Qué? ¡Mi señor Marqués!" exclamó el rey, -"¿Y este castillo también te pertenece? No he conocido nada más fino que esta corte y todos los edificios y propiedades que lo rodean. Entremos, si no te importa."-
El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar, y siguieron al rey, quien iba adelante. Ingresaron a una espaciosa sala, donde estaba lista una magnífica fiesta, que el ogro había preparado para sus amistades, que llegaban exactamente ese mismo día, pero no se atrevían a entrar al saber que el rey estaba allí.
Su majestad estaba perfectamente encantado con las buenísimas cualidades de mi señor el Marqués de Carabás, y observando que su hija se había enamorado violentamente de él, y después de haber visto sus grandes posesiones, y además de haber bebido ya cinco o seis vasos de vino, le dijo:
-"Será solamente tu culpa, mi señor Marqués de Carabás, si no llegas a ser mi yerno."-

El marqués, haciendo varias pequeñas reverencia, aceptó el honor que Su Majestad le estaba confiriendo, y enseguida, ese mismo día se casó con la princesa.
El gato llegó a ser un gran señor, y ya no tuvo que correr tras los ratones, excepto para entretenerse.

Enseñanza:

Recibir una valiosa herencia puede ser de alguna ayuda, pero aún más valiosos son la inteligencia y el ingenio que no se heredan de nadie.

martes, 16 de junio de 2015

La Abeja Reina

La Abeja Reina 


Dos hijos de un rey salieron una vez en busca de aventuras, y cayeron en un modo de vida tan salvaje y desordenado, que nunca regresaron a su hogar. El más joven, llamado Simpletón, salió en busca de sus hermanos, pero cuando al fin los halló, ellos se burlaron de él,  por haber pensado  Simpletón, que con su simplicidad, podría rodar por el ancho mundo, cuando ellos, que eran mucho más listos, no pudieron encontrar un buen camino.
Sin embargo viajaron los tres juntos, y llegaron a un gran nido de hormigas. El mayor quería destruirlo para ver a las pequeñas hormigas corriendo desesperadas por el terror, trasladando sus huevos a donde pudieran, pero Simpletón le dijo:
-"Deja a las creaturas en paz. No permitiré que las molestes."-
Siguieron adelante hasta un lago, donde nadaban un gran número de patos. Los dos hermanos mayores querían capturar a un par y asarlos. Pero Simpletón no lo permitiría y dijo:
-"Dejen a las creaturas en paz, no dejaré que los maten."-
Luego ellos llegaron a donde había un panal de abejas, el cual tenía tanta miel que del tronco donde estaba, chorreaba un grueso hilo de miel. Los dos mayores querían hacer un fuego debajo del tronco para sofocar a las abejas y cogerles su miel, pero Simpletón de nuevo los detuvo y les dijo:
-"Dejen a las creaturas en paz, no dejaré que las quemen."- 
Por fin los tres hermanos llegaron a un castillo en cuyos establos había caballos de piedra, y no se veía un solo ser humano. Y recorrieron todos los salones, hasta que casi al final llegaron a un salón con una puerta con tres cerraduras. Sin embargo, en medio de la puerta había una rendija, por medio de la cual podían ver hacia adentro.
Allí vieron a un pequeño hombre gris sentado junto a una mesa. Ellos lo llamaron, una y dos veces, pero él no oía. A la tercera vez, él se levantó, quitó las cerraduras y salió. No dijo nada, pero sin embargo, los condujo a una mesa muy bien servida con alimentos. Después de que ellos comieron y bebieron a satisfacción, el pequeño hombre llevó a cada uno a una habitación donde durmieron esa noche. 
A la mañana siguiente, el pequeño hombre gris se acercó al mayor, y por medio de señas lo llevó hasta una mesa de piedra donde estaban escritas tres tareas, mediante las cuales, si se realizaban, el castillo quedaría libre y desencantado.
La primera era que en el bosque, debajo del musgo, estaban regadas las perlas de la princesa, mil perlas en total, que deberían ser recogidas, y que si a la puesta del sol faltaba una sola perla, aquél que las estuvo buscando, se haría de piedra.
                                                                 


El mayor se dirigió allá, y buscó durante todo el día, pero al caer el sol, solamente había encontrado cien, y lo que se decía en la mesa sucedió, y él fue convertido en piedra.
Al otro día, el segundo tomó la misión, pero sin embargo, no tuvo mayor suerte que su hermano, pues no encontró mas que doscientas perlas, y también se hizo de piedra.
Al siguiente día le tocó el turno a Simpletón, quien también buscó en el musgo. Pero era tan difícil encontrar las perlas, y se avanzaba tan despacio, que se sentó sobre una piedra a llorar. Y mientras eso sucedía, la reina de la hormigas, cuyo nido una vez él salvó, vino con cinco mil hormigas, y sin mucho tardar, las pequeñas creaturas habían juntado las mil perlas, y se las entregaron en un montón.
La segunda tarea era, sacar del fondo del lago la llave del dormitorio de la hija del rey. Cuando Simpletón llegó al lago, los patos que él había salvado, se sumergieron y salieron nadando hacia él, llevándole la llave solicitada.
Pero la tercera tarea era la más dificultosa. Entre las tres dormidas hijas del rey, debía de encontrarse a la menor de ellas. Sin embargo, las tres eran físicamente idénticas, y solamente podían reconocerse por los dulces que habían probado antes de caer dormidas. La mayor probó un pedacito de azúcar, la segunda un sirope, y la menor una cucharada de miel. Entonces llegó la reina de las abejas del panal del tronco que Simpletón había defendido de ser quemado, y ella probó los labios de las tres, y se quedó parada en la boca de la que había probado la miel. Así Simpletón pudo reconocer a la princesa correcta. 

Y con eso terminó el encantamiento, y todos los que estaban dormidos despertaron y los convertidos en piedra volvieron a su contextura normal. Simpletón se casó con la menor de las princesas, y al faltar su padre el rey, él quedó en el trono, y sus hermanos se formalizaron comportándose correctamente en adelante,  y se casaron con las otras dos hermanas.

Enseñanza:

En esta creación divina, toda criatura, pequeña o grande, tiene su santa misión y debe respetársele.

lunes, 15 de junio de 2015

Piel de Oso

Piel de Oso  


Durante una guerra, hubo una vez un joven que se enlistó como soldado,  y se comportaba muy valientemente, y siempre estaba en el frente a la hora de afrontar las balas. Mientras duró la guerra, todo iba bien, pero cuando llegó la paz, recibió su baja y el capitán le dijo que podría ir donde quisiera con su carabina. Sus padres habían muerto, y ya no tenía un hogar, así que fue donde sus hermanos y les pidió que lo aceptaran hasta que hubiera otra campaña militar. Los hermanos, sin embargo, eran de duro corazón y le dijeron:
-"¿Qué podríamos hacer contigo?, no nos servirías de nada. Vete y has tu propia vida."-
El soldado no tenía nada excepto su carabina. Se la echó al hombro y se lanzó al ancho mundo. Llegó a un páramo donde no había nada más que ver que un círculo de árboles, y se sentó muy triste debajo de ellos, pensando sobre su destino.
-"No tengo dinero"- pensó, -"no he aprendido nada, excepto sobre los combates, y ahora que se hizo la paz, ya nadie me quiere ni me necesita, así que estoy viendo que voy a pasar  hambres."-
De pronto escuchó el crujir de ramas, y cuando miró alrededor, un extraño hombre estaba parado junto a él, quien usaba un abrigo verde y tenía la mirada fija, pero también tenía un pie horriblemente partido en dos partes.
-"Ya yo sé de qué estás necesitado"- dijo el hombre, -"oro y posesiones tendrás, tantas como quieras proponerte, pero primero debo saber si no tienes miedo, para que yo no invierta inútilmente mis riquezas."-
-"Un soldado y el miedo, ¿cómo pueden esas dos cosas estar juntas?"- contestó él, -"puedes ponerme a prueba."-
-"Muy bien"- contestó el hombre, -"mira detrás de ti."-
El soldado dio media vuelta y vio a un enorme oso, que venía gruñendo hacia él.
-"¡Ajá!"- gritó el soldado, -"voy a hacerte cosquillas en la nariz, de modo que pronto perderás tu gusto por estar gruñendo."- 
Y apuntó hacia el oso disparándole al hocico. Éste cayó y nunca más se levantó.
-"Ya veo muy bien"- dijo el extraño, -"que no te falta el coraje, pero aún hay otra condición que debes de cumplir."-
-"Si eso no pone en peligro mi salvación."- replicó el soldado, que ya veía muy bien que era el Diablo el que se encontraba a su lado -"De lo contrario, no tengo nada que tratar."-
-"Míralo y decídelo tú mismo"- contesto el del abrigo verde, -"tú deberás por los próximos siete años, no lavarte, no peinar tu barba ni tu cabello, no cortarte las uñas, ni decir un padrenuestro. Te daré un abrigo y una capa, que deberás usar todo ese tiempo. Si murieras dentro de esos siete años, tú serás mío. Si permaneces vivo, quedarás libre, e inmensamente rico por el resto de tus días."-
El soldado meditó sobre la extrema posición en que se encontraba ahora, y como a menudo había afrontado la muerte, resolvió correr el riesgo de nuevo y aceptó los términos. El Diablo se quitó el abrigo verde, se lo dio al soldado y dijo:
-"Si tienes este abrigo sobre tu espalda y metes tu mano en el bolsillo, siempre lo encontrarás lleno de dinero."-
Entonces le quitó la piel al oso y dijo:
-"Esta piel será tu capa, y tu cama también, pues encima de ella deberás dormir, y no debes ir a ninguna otra cama, y debido a toda esta indumentaria, serás llamado "Piel de Oso."-
Después de eso, el Diablo se desvaneció. El soldado se puso el abrigo, y de una vez buscó en el bolsillo, y encontró que lo dicho era cierto. Entonces se puso la piel de oso y siguió adelante por el mundo, y se regocijaba, no faltándole nada que fuera bueno para él y malo para su bolsillo. 
Durante el primer año su apariencia fue aceptable, pero al segundo empezó a parecerse a un monstruo. Su cabello tapaba toda su cara, su barba era como un pedazo de fieltro grueso, sus dedos tenían uñas como garras, y toda su cara estaba con tal suciedad, que si una semilla cayera allí, con seguridad nacería. Quien quiera que lo veía, salía corriendo, pero como en todo lado daba dinero a los pobres para que rezaran por él para que no muriera durante esos siete años, y además pagaba bien por todo, siempre consiguió refugio.
Al cuarto año llegó a una posada donde el posadero no lo recibía, y ni siquiera quería  que fuera al establo, pues tenía temor de que asustara a los caballos. Pero Piel de Oso metió su mano en el bolsillo y sacó un puñado de monedas, y el dueño de dejó persuadir a sí mismo y le dio un cuarto en una casa externa. Sin embargo, Piel de Oso fue obligado a prometer que no se dejaría ver, para que la posada no cogiera mal renombre.
 Estaba Piel de Oso sentado solo al atardecer, y deseando desde el fondo de su corazón que pronto terminaran los siete años, oyó un fuerte lamento desde una habitación contigua. Él tenía un corazón muy compasivo, así que abrió la puerta y vio a un hombre mayor  llorando amargamente y apretándose las manos. Piel de Oso se le acercó, pero el hombre saltó sobre sus pies y trató de escapar de él. Al fin, cuando el anciano percibió que la voz de Piel de Oso era humana permitió que le hablara, y por medio de palabras amables Piel de Oso logró convencerlo de que le revelara la causa de su angustia. 
                        

Sus ingresos habían disminuido gradualmente, y él y sus hijas pasaban hambres, y estaba tan pobre que tampoco tenía con qué pagar al dueño de la posada y lo iban a poner en prisión.
-"Si ese es tu único problema"- dijo Piel de Oso, -"yo tengo suficiente dinero."-
Él le pidió al posadero que viniera donde ellos, le pagó la cuenta del señor y además puso una bolsa llena de monedas dentro de los bolsillos del hombre.
Cuando el señor se vio a sí mismo libre de todos sus problemas, no sabía cómo agradecer el gesto.
-"Ven conmigo"- le dijo a Piel de Oso, -"mis hijas son todas buenas muchachas. Escoge una de ellas para ser tu esposa. Cuando ellas oigan lo que has hecho por mí, no te rechazarán. Tú en verdad luces un poco extraño, pero ellas pronto te aceptarán correctamente."-
Eso le complació a Piel de Oso, y se fue con él. Cuando la mayor de las hijas lo vio, se alarmó tan terriblemente ante su cara, que gritó y salió corriendo espantada. La segunda hija se quedó y lo miró de pies a cabeza, y dijo:
-"¿Cómo voy a aceptar un esposo que ya no tiene una forma humana? Me gustaba más el oso afeitado que vi una vez por aquí, y que parecía un hombre con sus guantes blancos y uniforme de soldado. Si no fuera por lo feo, seguro que podría acostumbrarme."-
La menor de ellas, sin embargo, dijo:
-"Querido padre, tiene que ser un buen hombre para que sin conocerte te haya ayudado a salir de problemas, y si le prometiste una esposa por lo que hizo, tu promesa debe ser cumplida. Yo no tengo inconveniente en aceptarlo."-
Fue una bendición que el rostro de Piel de Oso estuviera tapado con la suciedad y el largo cabello, pues si no, todos hubieran visto cuan contento se sentía de oír aquellas palabras. Él se quitó un anillo de su dedo, lo quebró en dos partes, y le dio a la joven una mitad, y se dejó la otra para él. Escribió su nombre en la mitad de ella, y el nombre de ella en su mitad, y le rogó que guardara su mitad cuidadosamente. Entonces se alistó para salir y le dijo:
-"Debo de retirarme por tres años, y si para entonces no he regresado, quedarás libre de compromiso, pues seguramente habré muerto. Pero reza a Dios para que me conserve la vida."-
La pobre prometida novia se vistió toda de negro, y cuando pensaba sobre su futuro esposo, sus ojos se llenaban de lágrimas. Y ninguna otra cosa más que desprecio y mofa le llegaba de sus hermanas mayores.
-"Ten cuidado"- decía la mayor, -"si le das la mano, te clavará las uñas."-
-"Ponte viva"- decía la segunda, -"A los osos les gusta la miel, y si eres dulce con él, te comerá entera."-
-"Debes hacer todo como a él le gusta"- dijo de nuevo la mayor, -"o si no te gruñirá."-
-"Pero la boda será muy divertida"- continuó la segunda, -"los osos bailan muy bien."-
La joven prometida permaneció en silencio y no se dejó molestar por ellas. Piel de Oso, sin embargo, viajó por el mundo de un lugar a otro, hizo el bien lo más que pudo, y dio generosa ayuda a los pobres pidiéndoles que rezaran por él.
 Por fin, cuando terminó el último día de los siete años, Piel de Oso fue una vez más al páramo y se sentó bajo el círculo de árboles. No pasó mucho rato cuando el viento sopló, y el Diablo se paró junto a él, y lo miró disgustadamente, y definitivamente que estaba muy molesto. Entonces le tiró a Piel de Oso su vieja ropa de soldado, y le pidió que le devolviera su abrigo verde. 
-"No hemos terminado aún"- contestó Piel de Oso, -"primero debes dejarme limpio."-
Le gustara o no al Diablo, se vio obligado a traer agua y lavar a Piel de Oso, peinarlo, y cortarle las uñas. Después de todo eso, ya se veía como un bravo soldado, y mucho más apuesto que como nunca había estado antes.
 Cuando ya el Diablo partió, Piel de Oso sintió su corazón aliviado. Fue a la ciudad, se puso un magnífico abrigo de terciopelo, se montó en un carruaje tirado por cuatro caballos blancos, y se dirigió a la casa de la prometida. Nadie lo reconocía. El padre lo tomó como un distinguido general, y lo llevó a la habitación donde se encontraban sus hijas.
A Piel de Oso no le quedó más que sentarse entre las dos hermanas mayores quienes le trajeron vino, y le dieron las mejores piezas de carne, y pensaron que en todo el mundo nunca encontrarían un hombre más apuesto.
La prometida estaba sentada al lado contrario con su vestido negro, y nunca levantó sus ojos ni pronunció palabra alguna. Cuando por fin él preguntó al padre si daría a alguna de sus hijas en matrimonio, las dos mayores saltaron y corrieron a sus cuartos a ponerse espléndidos vestidos, pues cada una de ellas fantaseaba de que sería la elegida. El extraño, en cuanto quedó solo con su prometida, sacó su mitad del anillo y lo puso en el fondo de un vaso de vino que se lo pasó a través de la mesa a la joven. Ella bebió el vino, y cuando lo hubo terminado, encontró la mitad del anillo descansando en el fondo del vaso, y su corazón se aceleró.
Ella tomó su otra mitad, que usaba en una cinta alrededor de su garganta, junto a ambas mitades, y vio que calzaban exactamente juntos. Entonces él dijo:

-"Soy tu novio prometido, que conociste como Piel de Oso, pero por la gracia de Dios he recibido de nuevo mi presencia humana, y una vez más volví a estar limpio."-
Él se le acercó, la abrazó y la besó. Mientras tanto las dos hermanas regresaron todas muy bien vestidas, y cuando vieron que el apuesto hombre estaba junto a la más joven, y oyeron que él era Piel de Oso, se retiraron rápidamente llenas de rabia y dolor. Pero el tiempo les sanaría las heridas y aceptaron el buen discurrir de los acontecimientos, deseando para los nuevos esposos mucha felicidad para el resto de sus días.

Enseñanza:

En momentos de prueba, la fe y la perseverancia conducen a un final feliz.

sábado, 13 de junio de 2015

“El diablo inglés” UN CUENTO DE MARIA ELENA WALSH

UN CUENTO DE MARIA ELENA WALSH 

“El diablo inglés”


Había una vez un muchacho que se llamaba Tomás. Era aprendiz de payador y solía vagabundear por la orilla del Río de la Plata, con su guitarra a cuestas.
Una vez lo sorprendió la noche cerca de la desolada playa de los Quilmes y, como era pleno invierno, decidió encender un fueguito para entrar en calor. Mientras lo avivaba se puso a cantar, como era su costumbre:

...Por el aire viene el ave, por el río viene el pez, y yo vengo por el tiempo a cantarle a no sé quién, en una noche cualquiera de 1806...

De pronto, allí, detrás de las llamas o quizás entre las mismas llamas, apareció alguien... un fantasma... un personaje todo rojo, con ojos clarísimos y chispeantes.
–¡Añangapitanga! –dijo Tomás, seguro de haber visto al diablo colorado del que tanto oyera hablar cuando era chico.
Muchas veces había escuchado la leyenda que aseguraba que los diablos nacían del fuego y por eso tenían el color del hierro candente.
Sin pensarlo dos veces montó en su alazán y salió despavorido, disparando como flecha. Golpeó a la puerta de un miserable rancho.
–¿Qué te trae por aquí a estas horas? –preguntó Ña Manuela, la hechicera–. ¿Y por qué abres tamaños ojos?
–He visto al diablo en persona, Ña Manuela.
–¿Seguro?
–Seguro, como la estoy viendo a usted.
–¿Le pediste las tres cosas?
–No, no... Tiene que ayudarme, Ña Manuela. Me asusté tanto que salí corriendo y me dejé la guitarra allá, en la orilla.
–Seguro que el diablo la toca y te la embruja –comentó Ña Manuela tranquilamente mientras pitaba su cigarro de chala.
–Por eso mismo vine a verla. Para que usted me acompañe a buscar la guitarra y la desembruje.
–Si es cierto que Mandinga anda por ahí –dijo Ña Manuela– le pediré las tres cosas.
–¿Qué tres cosas, Ña Manuela?
–Todo el mundo, cuando se encuentra con el diablo, le pide tres cosas.
–Pues yo quiero una sola: mi guitarra.
–Andando –dijo Ña Manuela, tirándose un poncho rotoso sobre los hombros.
Y allá se fue Tomás con la hechicera en ancas, en busca de la guitarra y del diablo colorado.
En la playa seguía ardiendo la fogata, pero ni rastros quedaban del diablo.
–Has estado viendo visiones –dijo Ña Manuela.
–No; mire, mire la prueba: se ha llevado la guitarra.
–La guitarra se la habrá lleva’o algún cuatrero.
–No viene nadie por aquí a estas horas: seguro que fue él.
–No te creo nada –dijo Ña Manuela.
–Pero es cierto: aquí mismo estaba, mirándome con unos ojos como diamantes...
–Bah; siempre fuiste mentiroso...
Y tanto discutir, no repararon en el diablo que asomaba otra vez entre las llamas.
–Allí está –dijo Tomás, y le pareció que el diablo sonreía.
Ña Manuela se armó de coraje y le dijo:
–Yo te conjuro y te hablo,
contestame si sos diablo.
Y si te quedás callado,
es seña que sos cristiano.
Y el diablo le contestó:
–Good evening.
¡Habló! –dijo Ña Manuela–. Señal de que es diablo nomás.
¿Y qué dijo?
–No sé. No oí bien.
–Pídale mi guitarra.
–Primero le pediré mis tres cosas.
Tomás, impaciente, sacó su cuchillo y se encaró con el diablo valientemente:
–¡Dame mi guitarra, sotreta!
–¿Guitar...? –preguntó el diablo a su vez.
–¡Mi guitarra, diablo maldito! Devuélvemela antes de que apague el fuego y te haga desaparecer.
–¡Oh, yes! ¡Oh, yes! –contestó el diablo, asustado del cuchillo que brillaba ante su nariz.
Se alejó un poco y volvió con la guitarra, que había escondido en unos matorrales.
–Seguro que te la devuelve embrujada –dijo Ña Manuela.
Tomás la templó y, claro, la guitarra sonaba embrujada. El diablo esperaba ansioso que Tomás la afinara, porque al parecer tenía ganas de oírlo cantar.
–¡Oh, please, play, please, sing! –dijo el diablo.
–¿Qué ha dicho? –le preguntó Tomás a la bruja.
–Ha dicho pliplisín –contestó Ña Manuela.
–¿Y eso qué quiere decir?
–Palabras de diablo nomás.
(Entonces se escuchó un clarín, lejos.)
Cuando el diablo oyó el clarín, desapareció. Tomás y la hechicera, entretenidos en su discusión, no lo vieron salir. Supusieron que el diablo se había desvanecido junto con las últimas llamitas de la fogata mortecina, atorada por la llovizna.
–Diablo que del fuego vino, se marcha con la ceniza –sentenció Ña Manuela.
–No lo creo –dijo Tomás–. Seguro que se ha escapado entre los pajonales. Voy a buscarlo y encontrarlo para que me desembruje la guitarra.
–Deja que te la desembrujo yo por unos pocos reales...
Tomás se fue tras el diablo. Caminó un trecho y desde una loma vio amanecer sobre el río. Creyendo soñar, divisó un montón de barcos en fila, a lo lejos, apenas dibujados en la bruma. Después vio en la orilla una larga hilera de diablos colorados. Ya no era uno, sino cien, quizás mil, quizás más...
(Y escuchó una marcha con gaitas y tambores.)
Tomás se santiguó, espantado de ver tantos diablos colorados juntos, que habían venido por el agua y no por el fuego. Corrió a comentar la cosa con otros paisanos que miraban tranquilos la diablería. Cuando supo que los diablos de chaqueta colorada y ojos como diamantes no eran sino soldados ingleses, acarició la guitarra con alivio. Pero, aunque ya no había peligro de que estuviera embrujada, se fue a la ciudad a cambiarla por un fusil.

(En 1806, soldados ingleses se apoderaron de la que hoy es la ciudad de Buenos Aires, por entonces colonia española. Un ejército improvisado los expulsó, ayudado por gentes del pueblo como Tomás, el joven cantor de este cuento.)




El Campesino y el Diablo

El Campesino y el Diablo


Había una vez un muy afamado y astuto campesino, cuyos trucos eran muy comentados. La mejor historia es, sin embargo, cómo negoció con el Diablo e hizo que éste quedara como un tonto.
Estaba un día el campesino trabajando en su terreno, y como la penumbra ya caía, se alistaba para regresar a su casa, cuando de pronto vio un montón de carbones encendidos en medio del campo, y cuando se acercó, lleno de asombro vio a un pequeño diablillo sentado sobre los carbones encendidos.
-"¡De veras que estás sentado sobre un gran tesoro!"- dijo el campesino.
-"Sí, es cierto"- contestó el Diablo, -"!sobre un tesoro que contiene más oro y plata que lo que jamás verás en tu vida!"-
-"El tesoro está en mi propiedad y me pertenece."- replicó el campesino.
-"Y seguirá siendo tuyo"- contestó el Diablo, -"si por dos años consecutivos me das la mitad de lo que el campo produce, porque tengo un gran antojo de los productos de la tierra."-
El campesino aceptó el trato, y le dijo:
-"Eso sí, sin embargo, para que no haya discusiones sobre la repartición, todo lo que se produzca sobre la tierra será tuyo, y todo lo que se produzca bajo la tierra, será mío."-
El Diablo quedó satisfecho con eso, y el campesino sembró nabos.
                             
        

Cuando llegó el tiempo de la recolecta, el Diablo se presentó a tomar su parte de la producción, pero no encontró mas que amarillentas y marchitas hojas, mientras que el campesino, lleno de satisfacción, escarbaba y guardaba sus nabos.
 -"Por esta vez has obtenido lo mejor de la cosecha"- dijo el Diablo, -"pero no será así la próxima vez. Lo que se produzca sobre la tierra será tuyo, y lo se que produzca bajo tierra, será mío."-
-"Estoy de acuerdo."- dijo el campesino.

Cuando llegó el tiempo de la siembra, no sembró de nuevo nabos, sino trigo. El trigo nació, creció y los granos maduraron y el campesino recogió todas las espigas que había en el campo.
Al llegar el Diablo, no encontró nada sino únicamente los rastrojos, y furibundo se lanzó dentro de una hendidura en las rocas.
-"Esa es la forma de engañar al Diablo."- dijo el campesino, y se fue a su casa llevándose todo su tesoro.
Enseñanza:

Planificar con el adecuado conocimiento, definitivamente lleva al éxito.

viernes, 12 de junio de 2015

El Erizo y el Esposo de la Liebre

El Erizo y el Esposo de la Liebre 


Esta historia, mis queridos lectores, pareciera ser falsa, pero en realidad es verdadera, porque mi abuelo, de quien la obtuve, acostumbraba cuando la relataba, decir complacidamente:
-"Tiene que ser cierta, hijo, o si no nadie te la podría contar."-
La historia es como sigue:
Un domingo en la mañana, cerca de la época de la cosecha, justo cuando el trigo estaba en floración, el sol brillaba esplendorosamente en el cielo, el viento del este soplaba tibio sobre los campos de arbustos, las alondras cantaban en el aire, las abejas zumbaban entre el trigo, la gente iba en sus trajes de dominguear a la iglesia, y todas las creaturas estaban felices, y el erizo estaba también feliz.
El erizo, sin embargo, estaba parado en la puerta con sus brazos cruzados, disfrutando de la brisa de la mañana, y lentamente entonaba una canción para sí mismo, que no era ni mejor ni peor que las canciones que habitualmente cantan los erizos en una mañana bendecida de domingo. Mientras él estaba cantando a media voz para sí mismo, de pronto se le ocurrió que, mientras su esposa estaba bañando y secando a los niños, bien podría él dar una vuelta por el campo, y ver cómo iban sus nabos. Los nabos, de hecho, estaban al lado de su casa, y él y su familia acostumbraban comerlos, razón por la cual él los cuidaba con esmero. Tan pronto lo pensó, lo hizo. El erizo tiró la puerta de la casa tras de sí, y tomo el sendero hacia el campo. No se había alejado mucho de su casa, y estaba justo dando la vuelta en el arbusto de endrina, que está a un lado del campo, para subir al terreno de los nabos, cuando observó al esposo de la liebre que había salido a la misma clase de negocios, esto es, a visitar sus repollos. 
Cuando el erizo vio al esposo de la liebre, lo saludó amigablemente con un buenos días. Pero el esposo de la liebre, que en su propio concepto era un distinguido caballero, espantosamente arrogante no devolvió el saludo al erizo, pero sí le dijo, asumiendo al mismo tiempo un modo muy despectivo:
-" ¿Cómo se te ocurre estar corriendo aquí en el campo tan temprano en la mañana?"-
-"Estoy tomando un paseo."- dijo el erizo.
-"¡Un paseo!"- dijo el esposo de la liebre con una sonrisa burlona, -"Me parece que deberías usar tus piernas para un motivo mejor."-
Esa respuesta puso al erizo furioso, porque el podría soportar cualquier otra cosa, pero no un ataque a sus piernas, ya que por naturaleza ellas son torcidas. Así que el erizo le dijo al esposo de la liebre:
-"Tú pareces imaginar que puedes hacer más con tus piernas que yo con las mías."-
-"Exactamente eso es lo que pienso."- dijo el esposo de la liebre.
-"Eso hay que ponerlo a prueba."- dijo el erizo. -"Yo apuesto que si hacemos una carrera, yo te gano."-
-"¡Eso es ridículo!"- replicó el esposo de la liebre. -"¡Tú con esas patitas tan cortas!, pero por mi parte estoy dispuesto, si tú tienes tanto interés en eso. ¿Y qué apostamos?"-
-"Una moneda de oro y una botella de brandy"- dijo el erizo.
-"¡Hecho!"- contestó el esposo de la liebre.-"¡Choque esa mano, y podemos empezar de inmediato!"-
-"¡Oh, oh!"- dijo el erizo, -"¡no hay tanta prisa! Yo todavía no he desayunado. Iré primero a casa, tomaré un pequeño desayuno y en media hora estaré de regreso en este mismo lugar."-
Acordado eso, el erizo se retiró, y el esposo de la liebre quedó satisfecho con el trato. En el camino, el erizo pensó para sí:
-"El esposo de la liebre se basa en sus piernas largas, pero yo buscaré la forma de aprovecharme lo mejor posible de él. Él es muy grande, pero es un tipo muy ingenuo, y va a pagar por lo que ha dicho."-
Así, cuando el erizo llegó a su casa, dijo a su esposa:
-"Esposa, vístete rápido igual que yo, debes ir al campo conmigo."-
-"¿Qué sucede?"- dijo ella.

-"He hecho una apuesta con el esposo de la liebre, por una moneda de oro y una botella de brandy. Voy a tener una carrera con él, y tú debes de estar presente."- contestó el erizo.



-"¡Santo Dios, esposo mío!"- gritó ahora la esposa, -"¡no estás bien de la cabeza, has perdido completamente el buen juicio! ¿Qué te ha hecho querer tener una carrera con el esposo de la liebre?"-
-"¡Cálmate!"- dijo el erizo, -"Es mi asunto. No empieces a discutir cosas que son negocios masculinos. Vístete como yo y ven conmigo."-
¿Que podría la esposa del erizo hacer? Ella se vio obligada a obedecerle, le gustara o no.  
Cuando iban juntos de camino, el erizo dijo a su esposa:
-"Ahora pon atención a lo que voy a decir. Mira, yo voy a hacer del largo campo la ruta de nuestra carrera. El esposo de la liebre correrá en un surco y yo en otro, y empezaremos a correr desde la parte alta. Ahora, todo lo que tú tienes que hacer es pararte aquí abajo en el surco, y cuando el esposo de la liebre llegue al final del surco, al lado contrario tuyo, debes gritarle:
-"Ya estoy aquí abajo."-
Y llegaron al campo, y el erizo le mostró el sitio a su esposa, y él subió a la parte alta. Cuando llegó allí, el esposo de la liebre estaba ya esperando. 
-"¿Empezamos?"- dijo el esposo de la liebre.
-"Seguro"- dijo el erizo. -"De una vez."-
Y diciéndolo, se colocaron en sus posiciones. El erizo contó:
-"¡Uno, dos, tres, fuera!"-
Y se dejaron ir cuesta abajo cómo bólidos. Sin embargo, el erizo sólo corrió unos diez pasos y paró, y se quedó quieto en ese lugar. Cuando el esposo de la liebre llegó a toda carrera a la parte baja del campo, la esposa del erizo le gritó:
-"¡Ya yo estoy aquí!"-
El esposo de la liebre quedó pasmado y no entendía un ápice, sin pensar que no otro más que el erizo era quien lo llamaba, ya que la esposa del erizo lucía exactamente igual que el erizo. El esposo de la liebre, sin embargo, pensó:
-"Eso no estuvo bien hecho."- y gritó:
-"¡Debemos correr de nuevo, hagámoslo de nuevo!"-
Y una vez más salió soplado como el viento en una tormenta, y parecía volar. Pero la esposa del erizo se quedó muy quietecita en el lugar donde estaba. Así que cuando el esposo de la liebre llegó a la cumbre del campo, el erizo le gritó:
-"¡Ya yo estoy aquí!"-
El esposo de la liebre, ya bien molesto consigo mismo, gritó:
-"¡Debemos correr de nuevo, hagámoslo de nuevo!"-
-"Muy bien."- contestó el erizo, -"por mi parte correré cuantas veces quieras."-
Así que el esposo de la liebre corrió setenta y tres veces más, y el erizo siempre salía adelante contra él, y cada vez que llegaba arriba o abajo, el erizo o su esposa, le gritaban:
 -"¡Ya yo estoy aquí!"-
En la jornada setenta y cuatro, sin embargo, el esposo de la liebre no pudo llegar al final. A medio camino del recorrido cayó desmayado al suelo, todo sudoroso y con agitada respiración. Y así el erizo tomó la moneda de oro y la botella de brandy que se había ganado. Llamó a su esposa y ambos regresaron a su casa juntos con gran deleite. Y cuentan que luego tuvo que ir la señora liebre a recoger a su marido y llevarlo en hombros a su casa para que se recuperara. Y nunca más volvió a burlarse del erizo.

Así fue cómo sucedió cuando el erizo hizo correr al esposo de la liebre tantas veces hasta que quedó exhausto y desmayado en el surco. Y desde ese entonces ninguna liebre o su esposo tienen deseos de correr en competencia con algún erizo. 
La moraleja de esta historia, es, primero que nada, que nadie debe permitir que se burlen de él o ella, aunque se trate de un humilde erizo. Y segundo, cuando una pareja se casa, ambos deben ser similares en sus actitudes, y apoyarse y parecerse uno al otro.


Enseñanza:

Los esposos deben siempre ayudarse uno al otro, haya o no adversidades a la vista.

miércoles, 10 de junio de 2015

El Doctor Sábelotodo

El Doctor Sábelotodo 


Había una vez un pobre campesino apodado Cangrejo, que guiaba dos bueyes con su carreta, y llevaba una carga de madera a la ciudad, que se la vendió a un doctor por dos talentos. Cuando el dinero era contado para pagarle, coincidió que el doctor estaba sentado a la mesa comiendo. El campesino al ver cuan gustoso era lo que el doctor comía y bebía, su corazón y su estómago desearon lo que estaba viendo, y decidió que él también podría ser doctor. Así que se quedó un rato parado ahí, y al final le preguntó si él no podría llegar a ser doctor.
-"¡Oh, claro que sí!"- dijo el doctor, -"y esto se aprende a manejarlo prontito."-
-"¿Y qué es lo que debo hacer?"- preguntó el campesino.
-"En primer lugar cómprate un libro A B C de la clase que tiene un gallo en la portada. En segundo lugar, cambia tu carreta y tus bueyes por dinero para comprarte alguna ropa venida al caso, más algunas otras cosas pertenecientes a la medicina. Y tercero, haz un rótulo pintado por ti mismo con las palabras: "Soy el Doctor Sábelotodo", y clávalo sobre la puerta de tu casa."-
El campesino hizo todo lo que el médico le dijo que hiciera. No mucho tiempo después, cuando ya había tratado algunos pacientes, a un gran rico noble le robaron algún dinero. Y a él le hablaron acerca del Doctor Sábelotodo que vivía en tal y cual villa, y que podría saber qué fue lo que pasó con su dinero. Así que el noble encinchó sus caballos al carruaje, se dirigió a la villa, y le preguntó al señor Cangrejo si él era el Doctor Sábelotodo. Y le dijo que sí, que él era. Entonces el noble le pidió que fuera con él para recuperar el dinero robado.
-"Oh, sí, pero Grethel, mi esposa debe ir conmigo."-
El noble estuvo de acuerdo y sentó a ambos en un asiento del carruaje, y todos se fueron juntos. Cuando llegaron al castillo del noble, la mesa estaba puesta, y el señor Cangrejo fue invitado a sentarse y comer.
-"Oh, sí, pero Grethel, mi esposa también."- dijo él, y se sentó a la mesa con ella.
Y cuando el primer sirviente llegó con un delicado plato de entrada, el campesino tocó a su esposa, y señalando con el dedo al sirviente dijo:
-"Grethel, éste es el primero."- refiriéndose que ése era el primer plato del almuerzo.
                                                         


El sirviente, sin embargo, pensó que él quiso decir:
-"Éste es el primer ladrón."- como ciertamente lo era, y así que se espantó, y le dijo a sus compañeros afuera:
-"El doctor lo sabe todo: debemos cuidarnos, él dijo que yo era el primero."-
El segundo sirviente no deseaba ir del todo, pero fue obligado. Así, cuando fue con su plato, el campesino tocó a su esposa, y señalando con el dedo al sirviente dijo:
-"Grethel, éste es el segundo."- refiriéndose que ése era el segundo plato del almuerzo.
El sirviente se alarmó muchísimo, y salió. Al tercero no le fue mejor, pues el campesino de nuevo tocando a su esposa, y señalando con el dedo al sirviente dijo:
-"Grethel, éste es el tercero."- refiriéndose que ése era el tercer plato del almuerzo.
El cuarto tenía que llevar un plato cubierto, y el noble le dijo al doctor que quería que le mostrara su habilidad, y adivinara qué era lo que había bajo la cubierta. El doctor miró el plato, y no tenía idea de qué decir, y gritó:
-"¡Ay, pobre Cangrejo!"- refiriéndose a él mismo.
Cuando el noble escuchó tan acertada respuesta, gritó:
-"¡Eso es! ¡él lo supo, y sabe dónde está el dinero!"-
Con todo eso, los sirvientes se vieron terriblemente perdidos, y le hicieron una seña al doctor pidiéndole que saliera afuera por un momento. Cuando en efecto, él salió, los cuatro le confesaron que sí habían sido ellos quienes tomaron el dinero, y dijeron que estarían dispuestos a devolverlo, y a darle a él una buena suma con el compromiso de que no los denunciara, pues de lo contrario serían colgados. Ellos lo llevaron al lugar donde estaba oculto el dinero. Con eso, el doctor quedó satisfecho, y regresó al salón, se sentó a la mesa y dijo:
-"Mi Señor Noble, ahora buscaré en mi libro donde está escondido el oro."-
El quinto sirviente, sin embargo, se ocultó en la alacena para oír si el doctor sabía algo más. El doctor, tranquilamente se sentó y abrió su libro A B C, corría las páginas para atrás y para adelante, buscando por el gallo. Como no vio la portada, no lo pudo encontrar inmediatamente, y dijo en voz alta:
-"¡Ya sé que estás oculto ahí, mejor preséntate!"-
Entonces el tipo que estaba en la alacena pensó que el doctor se refería a él, y todo aterrorizado, salió de allí gritando:
-"¡Ese hombre lo sabe todo!"-

Y el Doctor Sábelotodo mostró al noble el lugar donde estaba el dinero, pero no dijo quienes lo robaron, según lo acordado. Y así recibió de ambos lados mucho dinero en recompensa, y llegó a ser un hombre reconocido.

Enseñanza:

Los malos entendidos por lo general producen consecuencias inesperadas,
a veces favorables, a veces desfavorables.